Cuba: un genocidio sin bombas.
Por más que los algoritmos censuren las publicaciones, los grandes medios de comunicación intenten moldear la opinión pública y la proliferación de bots recurra a la agresión y la desinformación, hay realidades que no pueden seguir invisibilizadas. Cuba lucha, y su pueblo tiene derecho a vivir dignamente, sin bloqueo económico ni intervención del imperio estadounidense.
Hay crímenes que no hacen ruido, que no estremecen las pantallas ni ocupan los titulares. Matan despacio, en hospitales sin insumos, en lugares de trabajo sin energía, en cocinas sin comida. A diferencia de Gaza, el genocidio en Cuba es silencioso, sin bombas, pero también mata.
Desde 1962, el pueblo cubano vive bajo el bloqueo económico impuesto por Estados Unidos. En el último año, la situación se ha agravado con las restricciones al suministro de combustible y las dificultades para garantizar el abastecimiento energético. Los apagones se prolongan durante horas e incluso jornadas enteras; el acceso al agua potable, los alimentos y los medicamentos se vuelve cada vez más difícil. Escasea el combustible y el turismo cae. Hay pacientes que esperan intervenciones quirúrgicas que deben aplazarse y personas con enfermedades graves que enfrentan mayores obstáculos para recibir tratamiento. Trabajadores, maestros y estudiantes recorren largas distancias a pie bajo temperaturas elevadas porque no hay combustible suficiente para el transporte. Muchas familias intentan dormir en terrazas y espacios abiertos porque el calor dentro de sus viviendas se vuelve insoportable y los apagones impiden utilizar ventiladores o sistemas de refrigeración.
Las cifras que presenta el gobierno cubano dibujan ese deterioro. El canciller Bruno Rodríguez ante la Organización de Naciones Unidas, afirmó que la mortalidad infantil pasó de 4,0 a 9,9 por cada mil nacidos vivos entre 2018 y 2025, y la supervivencia de niños con cáncer cayó del 85 % al 65 %. Los daños del bloqueo entre el 1 de marzo de 2025 y el 28 de febrero de 2026 ascienden a 8.083 millones de dólares, un 7 % más que el año anterior, sin contar el impacto del cerco energético. Pero esto no es un asunto de cifras lejanas. Es la vida de la gente.
El pueblo cubano tiene una larga historia de resistencia. Reconoce su pasado, defiende su soberanía y reivindica su derecho a construir su propio destino. Esa conciencia colectiva no se desvanece de un día para otro: se ha forjado a lo largo de décadas de luchas, sacrificios y contradicciones. Cuba ha dado razones de sobra para merecer la solidaridad de otros pueblos. Su vocación internacionalista constituye una de sus contribuciones más significativas a la humanidad. Como afirmó Fidel Castro en su discurso en la Universidad de Buenos Aires, Cuba no enviaría bombas ni armas a los rincones más remotos del planeta, sino médicos dispuestos a salvar vidas: “Médicos y no bombas, médicos y no armas inteligentes de certera puntería”.
Pero esta disputa no se desarrolla únicamente en el terreno político y económico. También se libra en los medios de comunicación y las redes sociales, donde se construyen opiniones, se forman consensos y se define qué asuntos ocupan la atención pública. En ese escenario, los grandes poderes económicos concentran recursos e influencia, participan en la configuración de las agendas mediáticas y condicionan, de distintas maneras, la circulación de ideas y discursos. Los grandes grupos de comunicación, por su parte, seleccionan los acontecimientos que cubren, los enfoques que privilegian y las voces que amplifican, contribuyendo así a moldear la percepción pública de la realidad.
Esta dinámica se extiende al entorno digital, donde un número reducido de grandes plataformas concentra buena parte de la circulación de información. Aunque sus espacios se presentan como lugares “abiertos” de intercambio, sus sistemas de recomendación, moderación y distribución no son neutrales en sus efectos: determinan qué contenidos alcanzan mayor visibilidad, cuáles circulan ampliamente y cuáles quedan relegados a los márgenes de la conversación pública.
Por eso, cuando las publicaciones sobre Cuba, Palestina y otras realidades silenciadas pierden visibilidad, son restringidas o desaparecen del universo de las comunicaciones, no basta con advertirlo: hay que denunciarlo, romper esa burbuja informativa e insistir en poner estos temas en el centro de la conversación pública. Porque silenciar una realidad también es una forma de ocultarla; excluirla del debate es contribuir a su invisibilización. Y aquello que se borra de la mirada colectiva corre el riesgo de ser condenado al olvido. Porque lo que no se nombra, lo que no se muestra y lo que no se escucha, no existe.
La dignidad de un pueblo no podrá apagarse. Cuba no es una amenaza. El bloqueo sí.















