La historia se repite, o repetimos una historia
Tras los hechos acontecidos el tres de enero del presente año en Venezuela, el contexto imperante es uno de desconcierto. Existió, sin duda, una flagrante violación al derecho internacional y la soberanía territorial: tal acto gesta un panorama de incertidumbre sobre aquellos pueblos que, desde su autonomía, no estén alineados con los intereses del gobierno estadounidense. Este hecho evidente, aunado a antecedentes preocupantes (las advertencias y, más concretamente, amenazas a líderes centro y suramericanos, así como detalles particulares de la nueva administración, como cambiar la denominación del “Ministerio de Defensa” al de “Guerra”), gesta la percepción de zozobra sobre el devenir político en la región, influyendo directa e indirectamente en procesos sociales, e incluso electorales.
Sin dejar de lado el hecho de la existencia de un régimen que, en cabeza de Maduro, generó contextos de violencia, opresión, diáspora, exclusión y corrupción, una injerencia extranjera de tales proporciones resulta mayúscula en cualquier momento histórico. La razón de tal acción no parece ser tan clara, o al menos no tan convincente. Aunque la bandera de la libertad ha sido el estandarte favorito para las acciones militares en el extranjero por parte de EEUU, parece inverosímil considerar que tal propósito guíe sustancialmente sus intenciones, máxime cuando, por un lado, la gobernanza del vecino país se sigue dando por personas adscritas a la misma afiliación del régimen; por otro, en rueda de prensa, el propio presidente de EEUU menciona en repetidas ocasiones el petróleo y los intereses económicos en suelo venezolano; además de la inexistencia de un plan claro del “después” de la extracción del gobernante suramericano, en términos de generación de estabilidad y transición de gobierno (elementos importante si el motivo hubiese sido la libertad de un pueblo). Es la reivindicación de la denominada Doctrina Monroe, a una usanza de autoridad impuesta por una constante amenaza, y un seguimiento velis nolis a una política exterior.
El acto ha sido señalado como una agresión tanto por distintas personalidades, como por múltiples gobiernos, aunque con una postura de condena complaciente, esto es, un señalamiento a la acción, a través de comunicados, pero con la lógica de observación pasiva. Sin embargo, resulta interesante la postura de Rusia frente a tales hechos. En el comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores de tal país, se identifican palabras como “condenable”, una acción “de agresión armada”, e “instar firmemente” a la liberación de los implicados en el suceso. Lo llamativo de este comunicado se genera considerando el contexto que involucra a EEUU y a Rusia en otro teatro de operaciones: Ucrania. El acercamiento entre la Casa blanca y el Kremlin, fungiendo la primera como actual mediadora en el conflicto Ruso-Ucraniano, podría percibirse como una suerte de quid pro quo en un tablero internacional en el cual cada zona termina siendo estratégica a distintos propósitos.
No considero que la historia sea cíclica y estemos, como humanidad, imbuidos en un bucle de acciones que se repiten. Sin embargo, una mirada al Siglo XX permite considerar dos cosas: el papel de la inacción y la complacencia ante acciones de intervención en estados autónomos, así como la generación de estrategias de intercambio que involucran el sacrificio de pueblos en su proceder. El primer caso remite a pensar en el pacto de Múnich (septiembre de 1938), en el cual Gran Bretaña y Francia aceptan la anexión de los Sudetes a Alemania (con el implícito desmembramiento de Checoslovaquia), como manera de ceder ante los intereses del III Reich, con la intención de que, al hacerlo, se evitaría un conflicto de mayor escalada: nada más alejado de los hechos, y un recordatorio de que la ausencia de criterio y de carácter frente a una situación que vulnera la autonomía y determinación de las naciones aboca, o a ceder cada vez más cosas, o a un conflicto directo. La actual Casa blanca se ha mantenido en una posición de “a mi manera, o del modo difícil”, y el que tal posición se retroalimente de manera favorable con hacer lo que le plazca, a su modo, obteniendo el resultado esperado, sin las sanciones que tal elemento debería acarrear, resulta preocupante.
El segundo caso, que se relaciona más con el papel de Rusia y EEUU como actuales potencias en conflicto con otras naciones, remite a agosto de 1939 cuando, en Moscú, se firmó el pacto de no agresión Germano-Soviético, entre los Ministros de Exterior Ribbentrop y Molotov, respectivamente. Se que la comparación es, en general, una hipérbole. Sin embargo, remite a un hecho que no se debería ignorar, el cual alude a que, más qué propósitos loables y altruistas, las potencias se guían por intereses particulares: fueron, para este caso, la repartición de Polonia, y su consecuente desaparición a manos de ambos bandos; la entrega de los países bálticos (Lituania, Letonia y Estonia) a la URSS; y la no injerencia en los planes de avanzada bélica de cualquiera de los dos firmantes. Las ideologías de cada nación resultaban, cuando menos, contrapuestas, elemento que no impidió la celebración de tal pacto. Los medios y los fines puede que no siempre esté alienados a una filosofía y un modo de entender el mundo siempre y cuando los primeros permitan, a toca costa, alcanzar los segundos. Así, aunque esperaría que fuese una hipótesis errónea, no termina siendo descabellado pensar que, a manera de una conferencia de Potsdam moderna, se reparten sobre la mesa los recursos naturales y estratégicos de algunas naciones entre unos cuantos poderosos.
De tal modo, a través de la exposición de tales elementos históricos quiero sintetizar, por un lado, que no debe gestarse un clima de indiferencia y pasividad ante una vulneración de estado soberano como la que vimos, puesto que solo hace que volteemos el rostro ante hechos que, antes que detenerse, tienden a escalar. Por otro lado, es relevante señalar que las acciones que un país hace obran (y han obrado) en un plano de operaciones que va mucho más allá de lo aparente, con intrincadas relaciones de beneficio mutuo, que en ocasiones transgreden ideales que se suponen abanderados por una nación. Creo que ambos elementos conllevan a pensar la importancia del análisis detenido, crítico, histórico y objetivo sobre el contexto que nos atañe, para ubicarnos en qué ocurre, y poder tener una visión más sólida, entendiendo que este evento va más allá de la libertad o el petróleo; observando que los gobiernos totalitarios siempre deben ser condenados, y no se les debe justificar bajo ningún caso o cobijo ideológico, puesto que el despotismo no reconoce de derecha o izquierda; reconociendo que somos parte del mundo, y como parte de él, todas nuestras acciones lo repercuten y lo modifican, y por ese poder tan grande nuestra responsabilidad siempre debe converger con una postura humanizadora.
Esta reflexión y síntesis también busca dejar sobre la mesa una pregunta, relacionada con qué caminos se abren al respecto, puesto que la inactividad o pasividad no implica que su antónimo sea la violencia: nuestra condición humana imperfecta nos muestra caminos que se antojan deseables, basados en la continuidad de la hostilidad y la violencia, en la guerra o política por otros medios (frase de C. Von Clausewitz), y en el odio, todos generados por el afán de acaparar, de poder, del individualismo y la segregación. El conflicto, desafortunadamente, ha sido una respuesta común a la historia, lo cual no significa que sea la respuesta adecuada para preservarnos como humanidad, como colectivo. Podemos hacer más, es poco concebible que los seres que han llevado el hombre a la luna, que han podido conectar el mundo a milisegundos, que construyeron pirámides, edificios, que han llevado las artes a una expresión del mundo que logra conmover, no logremos ser capaces de evitar nuestra desaparición, de garantizar nuestro bienestar, de hacer un mundo mejor para todos. Tal vez en nuestro afán de buscar distinguirnos de las demás especies, en una suerte de autoproclamación del hombre como Dios (y, por consiguiente, el alejarse de él), nos ha perdido de, justamente, caminos de humildad, sabiduría y entendimiento, que sí podrían acercarnos a un mundo humano y humanizador. Tal vez, entonces, si debemos retornar a nuestra historia, y a caminos de amor fraternal que ya se han enseñado desde hace siglos, de los cuales nuestra soberbia y orgullo nos han alejado, o cegado. Aludo a qué somos responsables de la historia que escribimos, no pasivos de ella ni a merced de que se repita inequívocamente, puesto que en nuestras manos está escribirla con la pluma y no la espada. En tiempos tan convulsos, de tanta inestabilidad, donde reaccionar y actuar es necesario, el amarnos unos a otros es la misión de los humanos que buscan cambiar el mundo.
AUTOR:
Diego Fernando Muñoz
Psicólogo, Magíster en estadística aplicada.








