Réquiem ætérnam dona eis, Dómine
Cada encuentro social es, por naturaleza, un espacio ilimitado de observación de la condición humana y de sus múltiples facetas. Sin embargo, hay encuentros que por sus características inherentes proveen un espacio diferencial de reflexión, respecto de los demás y de nosotros mismos. Tal es el caso de los velorios, en los cuales la familia del difunto, así como las personas allegadas a él lo acompañan, antes de que el cuerpo llegue a su morada final. De manera general, no asisto a tales espacios con frecuencia, ya que considero mejor recordar a quien ha muerto como era, cuando su cuerpo aún poseía el soplo de la vida, cuando el manto de la noche no era más que una lejana promesa; de otro lado, para quienes quedan, procuro estar presente durante el tiempo, aún más allá de los dos días del velorio, más de los días del novenario. Aun así, hay velorios a los cuales no se puede escapar, y este es uno de ellos.
Para ella, en el día de su muerte y su velorio, el paño lúgubre de la muerte se hizo presente en el cielo, haciendo al sol un extraño de aquellos días. Lo aciago del ambiente recodaba su vida, llena de infinitas pruebas, dolores y enfermedades. Fue una persona honesta, la personificación de la bondad y la entrega, fue una buena cristiana, un ser humano excepcional. Todos la recordaban de tal modo: los asistentes, al dar el pésame a sus familiares, se deshacían en halagos (totalmente justificados) para la difunta. La tristeza y la congoja recubrían las habitaciones de la vieja casona, de la cual se destinó el cuarto más amplio para el féretro, que siempre se encontraba custodiado por una corte de allegados elevando constantes oraciones por el alma de quien nos había dejado.
Había, entre ese grupo de personas, una que llamó mi atención por sobre los demás. La pude observar desde el patio de la casa, en el cual se habían dispuesto algunos asientos, cobijados por un techo improvisado de plástico. Era el esposo de la fallecida. Su rostro, surcado por el paso de los años y la mella de los trabajos, tenía una expresión de consternación, de tribulación. La luz mortecina de los cirios y las velas remarcaba a lo lejos la humedad en sus ojos, y potenciaba el aire de abatimiento de su corazón. Era una persona mayor, de aproximadamente 85 años, de pelo cano y, aunque en una posición de recogimiento, delataba un porte marcial, rezago de sus años de juventud. Estaba sentado en
una silla de madera, cercano a la cabeza del ataúd, con sus manos entrelazadas, las cuales sostenían, por momentos, ya sea su frente o su mentón.
La expresión del viudo adquiría cada vez mayor abatimiento. De lejos, daba la impresión de estar orando, acompañando los interminables rosarios que se rezaban en la habitación. Sin embargo, el movimiento de sus labios no correspondía la sucesión de Ave Marías que se manifiesta en el recinto. Tampoco puedo decir con certeza que palabras podían brotar de su boca. Tal vez fueron de amor, de aquel amor surgido hace 60 años, cuando él tenía 25 y ella despuntaba los 17. Tal vez le recordaba aquellas palabras con las cuales él se ganó su corazón por sobre aquellos que la pretendían. Tal vez rememoraba aquel inicio de una vida juntos, la construcción de su hogar, el nacimiento de sus hijos, el empeño con el cual salieron adelante, y las múltiples veces en las cuales fueron los dos contra el mundo. Quizá pensaba en cuántos sacrificios hizo ella por un “nosotros”. Más aún, quizá recordaba aquellos días de trabajo incansable, de las moliendas y el trapiche, en los cuales él quedaba absolutamente cansado, y recibía el aliento amable de su esposa, expresado en una deliciosa comida, en un trato sumamente considerado, y en una abnegación y disposición absoluta. Quizá le agradecía por prolongar su linaje, por darle el regalo de la vida materializado en varios hijos y muchos más nietos. Tal vez le agradecía por haber sido alguien que no se agotaba en la muerte, sino que trascendía en su amor y compañía aún en su ausencia.
Y, muy seguramente, esas palabras que se ahogaban antes de nacer eran de súplica, de excusa, de culpa. Seguramente buscaba el perdón de su esposa por su indiferencia hacia ella, por tratarla como si fuese un bien más que estaba a su disposición, y que solo atendía a sus necesidades. Seguramente buscaba su indulgencia por la vida que le dio, de trabajo sin recompensa, de subordinación, de relego, de incumplimiento de aquellas frases de amor de la juventud. Es muy probable que buscara su clemencia por matar parte de su alma cuando la engañó, cuando en lugar de estar con ella compartía lecho con una mujer que, por si misma, era una afrenta a la memoria de lo que fue la recién fallecida. De seguro que buscaba redención por el segundo plano que le dio, y por la condena en vida que le significó a ella tratar de ignorar aquello que era una voz a gritos para el mundo. Posiblemente el corazón del anciano daba un vuelco al reconocer su deslealtad, su soberbia al solo dejarse amar sin corresponder, su desidia ante la enfermedad que poco a poco consumía a su esposa, su inacción ante el creciente dolor físico de ella, su indolencia en la agonía… tal vez él sabía
que, en un futuro cercano, su propia agonía se avecinaba, y ello le llevó a ser consciente de su condición mortal, y a buscar el perdón que tanto anhela el moribundo, y que él, a diferencia de ella, requería tanto… tal vez no era él quien hablaba, sino su culpa, la cual lo cubría en aquella noche.
Todo esto pensaba yo, mientras veía el ensimismamiento de aquel individuo. Al llegar la hora de partir, eche un vistazo final a aquella escena, que luego de cuatro horas no había mutado. No lo he vuelto a ver desde aquel entonces. ¿Quizá ahora su rostro se encuentre iluminado por el perdón surgido de la autocompasión? ¿Quizá sus ojos aún delaten su tristeza y remordimiento? ¿Quizá se haya hundido en el pozo del arrepentimiento y lo execrable? Creo que, incluso, todo va más allá: seguramente todo aquello que atribuí a aquella escena solo fue una hipótesis etérea. Quizá fui indulgente al personificar en aquel anciano un ser con la capacidad de reconocer su falta, quizá no ocurrió nada más que el ver un hombre respondiendo al continuo vaivén del rosario. Quizá la culpa es algo tan imperioso que, cuando alguien no la vive cuando ha actuado de manera reprochable, la personificamos en ellos, para rescatar algo de su humanidad.








