Salamanca, Tierra de mis Ancestros
Los orígenes en la hidalga Salamanca
«Moriré sin haber conocido la tierra de mis ancestros en España». Esta frase acompañó durante años la memoria de mi familia. Gracias a un valioso encuentro con destacados miembros de la Academia de Historia de Nariño en el Paraninfo de la Universidad, pude descifrar el origen lejano de mi apellido paterno. Ruano es un apellido de honda estirpe hispánica cuyos registros documentales más antiguos se remontan al siglo XV en la provincia de Salamanca, en la región de Castilla y León.
Etimológicamente, la palabra proviene del latín «ruga», que designa la calle, la rúa o el sendero urbano. De allí derivó el adjetivo medieval «ruano», utilizado para identificar al habitante de las calles principales: el hombre urbano, el comerciante y, ante todo, el hombre libre no sujeto a vasallaje feudal. A lo largo de los siglos, esta estirpe se extendió por la Península Ibérica y cruzó el océano Atlántico durante la época colonial, estableciendo ramas familiares que con el tiempo fructificaron en el suroccidente colombiano.
Fuente: Tienda Heráldica (España) (2026)
La travesía del Telembí y la arriería transandina
A finales del siglo XIX, motivado por la promesa de riqueza de la minería de aluvión, mi abuelo José Ruano desembarcó en el histórico Puerto de Barbacoas, sobre las aguas del río Telembí. Con base en la fecha de nacimiento de mi madre en 1899, deduzco que su llegada
ocurrió en la última década de aquel siglo. Barbacoas era por entonces el gran emporio aurífero de la Costa Pacífica sur. Sin embargo, las duras condiciones de la extracción minera en la selva húmeda tropical llevaron a mi abuelo y a su hermano Hipólito Ruano a reorientar sus esfuerzos económicos.
Decidieron dedicarse a la logística comercial y al transporte de mercancías a lomo de mulas a través del escarpado camino de herradura que ascendía desde las tierras bajas del Pacífico hasta el altiplano de Túquerres, situado a más de tres mil metros sobre el nivel del mar. La empresa de transportes de los hermanos Ruano ganó prestigio, prosperó y amplió progresivamente su recua de mulas.
Gracias a la estabilidad alcanzada en el altiplano, los dos hermanos enlazaron sus vidas con dos hermanas de una apreciada familia de la costa: la familia Ortiz. Mi abuelo José Ruano contrajo matrimonio con Angelita Ortiz, mientras que su hermano Hipólito Ruano se casó con Rogelia Ortiz. Del matrimonio de José y Angelita nacieron Agustina, Otilia, Elena, las mellizas Isaura y Elvira, y el único varón, Pedro. Por su parte, de la unión de Hipólito y Rogelia nacieron Enrique y Efraín Ruano Ortiz.
La Guerra de los Mil Días, los Hacheros y el exilio a Tulcán
El bienestar alcanzado por la familia se vio severamente sacudido por el estallido de la Guerra de los Mil Días entre 1899 y 1902. Durante este sangriento conflicto civil, los hermanos José e Hipólito residían en un barrio popular de Túquerres a cuyos pobladores se les conocía genéricamente como «los hacheros». Esta denominación obedecía a que la comunidad de artesanos y arrieros de filiación liberal, al carecer de pertrechos militares convencionales, debió organizarse y defenderse con sus propias herramientas de trabajo agrario frente a los ataques de sus opositores políticos.
La polarización se vio exacerbada por el clima ideológico y religioso de la época. Desde el púlpito, algunos sacerdotes utilizaban las misas dominicales para arengar violentamente a sus copartidarios con frases incendiarias que incitaban a la persecución de los liberales. Durante una liturgia en Túquerres, al escuchar semejantes arengas que les negaban la condición humana, mi abuelo José Ruano no pudo contener su indignación y gritó con valentía en pleno templo: «¡Mientes, cura malvado!».
La reacción de la multitud fue inmediata. Para salvar la vida frente al peligro de linchamiento, José y su hermano Hipólito lograron escabullirse entre la multitud y huyeron por caminos ocultos de la cordillera. Sin detenerse, cruzaron la frontera hacia la vecina República del Ecuador y se establecieron en la ciudad de Tulcán, población que brindaba refugio a los exiliados políticos colombianos. Tiempo después, el resto de la familia logró reunirse con ellos en suelo ecuatoriano. Fue allí, durante el exilio, donde nacieron las mellizas Isaura y Elvira, así como su hermano Pedro, aunque todos ellos mantuvieron siempre su cédula de ciudadanía y su registro formal como colombianos.
Así, a lomo de mula y en la amargura del exilio, entre el brillo del oro del Telembí, la majestad de las montañas de Túquerres y el refugio fraternal de Tulcán, se forjó la identidad de nuestra familia.
Epílogo: El linaje Ortiz y la memoria histórica
Como epílogo de esta memoria, conviene resaltar la vertiente materna de nuestro linaje. Mi madre, Isaura Ruano Ortiz (1899-1994), me habló siempre con orgullo de su parentela Ortiz de Barbacoas. Con el tiempo comprendí que esa misma estirpe dio a Nariño a su más ilustre lingüista e historiador, don Sergio Elías Ortiz Cortés (1894-1978), Maestro Insigne de Colombia.
Si la hidalga Salamanca es la cuna lejana de mis ancestros Ruano, las tierras de Barbacoas y el cobijo de Tulcán constituyen el hogar inmortal de mis ancestros Ortiz.








