El eco de mi herida
A ver, yo no sueño igual que tú. Ni de cerca. Para ti, soñar es como ver humo: está ahí un segundo y se va cuando te da el sol en la cara. Para mí, soñar es literal: cruzo la frontera a otro país cada noche. Tiene sus reglas, sus propias movidas. Y lo más jodido: siempre me traigo algo de vuelta, como si pasara contrabando entre mundos.
Me llamo Joan, y la verdad, hace siglos que este mundo eso que todos juran que es ‘la realidad’ se me destiñó. ¿Cómo me va a emocionar, si he caminado por lugares que ni existen en tus mapas? He sentido soles que no salen en el cielo, he tenido hijos con caras que jamás veré en la calle, y los vi crecer y morirse. He levantado ciudades solo porque me dio la gana, y he sentido el filo helado de una guillotina en la nuca. Y cuando despierto, nada de eso se borra. Al contrario, se me queda pegado.
El cuerpo, claro, ni idea. Es tonto. No distingue si lo que viví fue real o solo una película hiperrealista en mi cabeza. Por eso, si me apuñalan en un sueño, me despierto con un dolor fantasma bajo las costillas que no se va en horas. Si muero ahogado, amanezco tosiendo agua invisible, con el pecho ardiendo. Pero, hey, también pasa lo bueno: cuando vi nacer a una hija en uno de esos sueños, me quedó el pecho calentito. Una nostalgia rara, como si hubiera vivido una vida entera en otra parte.
He tenido de todo y lo he perdido todo, cada noche. Igual por eso no me esfuerzo mucho acá. Este mundo es solo uno más, y ni siquiera el más divertido.
Vivía así, resignado, permanentemente entre dos planetas que no encajan. Pensaba que esto era solo mío, una especie de maldición y regalo a la vez. Un secretito bien guardado. Hasta que apareció Clara.
Con ella, por primera vez en años, dejé que alguien realmente se acercara. Y, mira tú, el mundo agarró algo de color de nuevo. Su risa era tan dulce que podías sentir cómo abrazaba el alma, cortando la interferencia de mis otros recuerdos. Llevábamos un par de meses juntos, lo suficiente para que la novedad se calmara y llegara esa comodidad rara de la intimidad.
Un martes a las seis de la mañana, mi teléfono de repente comenzó a sonar de forma intermitente. Era Clara. Su voz, que siempre era calma, salía ahora diferente, a punto de romperse.
—Joan, ¿estás bien?
Ni un “buenos días”, ni nada. Solo eso. Y respiraba agitada.
—Sí, estoy en casa. ¿Qué pasa? Suenas fatal.
Silencio. Solo su respiración, temblorosa. Al final, soltó:
—Tuve una pesadilla —dijo, y luego, dudando—. No, no era una pesadilla. Era… demasiado real. Estabas tú.
Me quedé callado. Ya sabes, la gente sueña cosas raras, no me sorprende.
—Caminábamos por una ciudad —siguió, hablando más rápido—. Era de noche, una ciudad enorme, con luces de neón reflejadas en el asfalto mojado. No era Fiorden, era… no sé, más grande, más caótica. Y de repente, dos tipos salieron de un callejón. Querían tu cartera. Te negaste, claro. Y uno de ellos…
La voz de Clara se quebró.
—Dios, Joan, sacó un cuchillo y te apuñaló. Una tras otra. Justo aquí.
Un escalofrío, frío como hielo, se me coló por la espalda.
—¿Aquí dónde, Clara?
—Debajo de las costillas. Lado derecho. Vi todo. La sangre, tu cara de sorpresa… Después desperté en el hospital, sentada junto a ti. Estabas lleno de cables, al borde de irte, y yo solo pensaba que te había perdido, que no pude hacer nada.
Por poco se me cae el teléfono. Cada detalle. La ciudad con sus luces de neón, el motivo del asalto, el sitio exacto donde me herían, la escena del hospital… Era una copia exacta, quirúrgica, de la peor pesadilla que he tenido en mi vida. De esas que se repiten y te dejan temblando. Y, obvio, una que no le conté a nadie. Jamás.
—¿Joan, sigues ahí? —dijo Clara, sacudiéndome de mi trance.
—Sí… sí, aquí estoy —solté, mintiendo como un campeón. En realidad, flotaba en una especie de océano helado de incredulidad—. Clara, solo fue un mal sueño. Estoy bien, te lo juro.
Me pasé el resto del día intentando convencerme de que era pura coincidencia. Una monstruosa, de esas que solo ves en estadísticas locas, pero coincidencia al fin. ¿No dicen que las parejas a veces comparten sintonía? Igual ella pescó alguna ansiedad mía, un miedo viejísimo, y su cabeza lo tejió en una historia. Sonaba débil, como un paraguas de papel en pleno huracán, pero era lo único que tenía para agarrarme.
Pero sí, el huracán llegó.
Terminé con Clara meses después. No fue por falta de cariño, fue por miedo. Un miedo nuevo, que no se parecía a nada de lo que soñé jamás. Miedo a que mi cabeza estuviera rota, a que mi oscuridad pudiera salpicar a los que quiero.
Un año después, conocí a Elena. Nada que ver con Clara. Elena era práctica, graciosa, con los pies bien plantados. Con ella mi vida parecía otra. Me sentía seguro, casi normal. Hasta llegué a creer que lo de antes fue una rareza, un fenómeno pegado a la conexión con Clara.
¿Adivinen qué? Me equivoqué.
Pasó un sábado cualquiera, después de unos cuatro meses de relación. Despertamos juntos en mi cama. Ella se quedó mirando el techo un rato largo, con cara rara. Luego se giró y me apartó el pelo con una ternura que no correspondía con el pánico en sus ojos.
—¿Puedo preguntarte algo raro? —me dijo, bajito.
—Dale.
—¿Alguna vez te hirieron feo? ¿De joven? ¿Un accidente, una pelea…?
El corazón se me paró.
—No. ¿Por?
Y ahí va Elena, contándome su sueño. Pero no era suyo. Era MI sueño. Mis calles lluviosas sangrando, el robo malogrado, las puñaladas bajo la costilla derecha, la escena del hospital, el mismo terror de perderme. Todo. Calco.
No era casualidad. Era un patrón. Un eco. El eco de mi herida, rebotando en la cabeza de quienes se atrevían a quererme.
Desde ahí, mi vida se volvió una especie de experimento bizarro. El afecto, la cercanía, era el detonante. Lo confirmé otra vez, con una tercera: Sofía. Mismo ritual. Meses después, llamada en pánico, describiendo la misma pesadilla con detalles y señales. Como si fuera un virus. Un virus psíquico que pasaba por la intimidad.
Mi aislamiento dejó de ser opción y se volvió obligación. Una cuarentena. Me encerré, evitando cualquier vínculo real. Me transformé en una isla, no para protegerme, sino para que nadie más pisara mi territorio de pesadillas.
Y en esa soledad fue donde el colapso me pegó de lleno. Solo, en mi mini apartamento, piso diecisiete, viendo cómo la torre pinchaba el cielo gris de Fiorden. El mismo sueño, una y otra vez, incluso despierto. Ya no era un recuerdo nocturno: era el ruido de fondo en mi cabeza. Como si mi propia conciencia, harta de ser anfitriona de ese espanto, hubiera hecho las maletas y me dejara solo con todo esto.
No tenía a quién contárselo. Mi paranoia, alimentada por la certeza de ser contagioso, me hizo cortar todos los lazos. No tenía en quién apoyarme. Mi familia estaba en otro país, amigos no tenía, y a las chicas a las cuales les había negado estar presentes en mi vida. No quería ensuciar a nadie con mi locura. Me quedé solo, en una ciudad enorme que de pronto se sentía tan amenazante y absurda como la de mis pesadillas. El miedo se volvió tan constante que ya ni podía dormir. Ni lo intentaba. Café, pastillas, lo que fuera para mantenerme en pie, peleando contra mi paranoia. Porque, sinceramente, despertar era peor que la pesadilla.
A veces, sin pensarlo mucho, abría la puerta y me largaba al balcón, como buscando aire, aunque lo único que encontraba era el frío noruego dándome una bofetada en la cara. Me agarraba a la barandilla congelada, sintiendo cómo el hielo se me pegaba a los dedos, y miraba hacia abajo, al tremendo abismo. Los coches allá, moviéndose como cucarachas metálicas.
¿Sabés lo que es preguntarte, cada día, si lo que sentís es real? Si ese dolor que me atravesaba el costado existía, o si la soledad era lo único que de verdad podía tocar. Y luego, la sangre, esa sensación caliente corriendo por mi piel cada noche, como si fuese lo único de verdad en este mundo de cartón. Y sí, me preguntaba —demasiado seguido, si te soy sincero— si tirándome de una vez mi cabeza aflojaría, si me dejaría en paz. Si al caer, por fin, podría huir de esta ciudad de neón que se me había metido dentro. O, peor, si solo iba a despertar de golpe en mi cama, sintiendo el golpe fantasma del asfalto en los huesos, sumando otra cicatriz a mi propio museo.
La respuesta no llegó de golpe. Llegó arrastrándose, en la cuarta noche sin pegar un ojo. El insomnio no salva a nadie, solo borra la frontera entre el sueño y la vigilia hasta que no sabés ni dónde estás parado.
Estaba ahí, en mi cuarto, mirando la lluvia aporrear el ventanal, cuando las luces empezaron a hacer de las suyas. De repente, los faros de los coches se pintaron de rojo y azul, todo un show de neón. Los edificios grises se disfrazaron con carteles asiáticos que brillaban como si estuvieran vivos. Y la lluvia, de fondo, se mezclaba con el sonido de un saxofón que parecía venir de otra vida.
No me había dormido. No, el sueño se vino encima mío. De pronto, esa ciudad estaba acá, pisando la mía, como si fueran dos transparencias mal puestas. ¿Miedo? Ni siquiera. Lo que sentí fue una calma rara, como si hubiese dejado de importar todo. Ya no había a dónde escapar.
Y entonces sonó el teléfono. Ese sonido, tan real, tan fuera de lugar, atravesando la alucinación. Era Ine, la compañera silenciosa que siempre me miraba de lejos en el trabajo.
—Joan —susurró—. Perdón por llamar, pero tuve una pesadilla… y estabas vos…
Me contó el sueño. El mismo sueño, clavado como una espina. Y al final, algo nuevo, algo que me dejó helado:
—Estabas en el hospital. Abriste los ojos. Eran completamente negros. Me miraste y me dijiste: «Gracias por venir. Ahora, por favor, abrí la puerta».
Y ahí sí, sentí que la sangre se me detenía. Miré fijo la puerta de mi apartamento.
—Joan —lloraba ella—. Estoy afuera de tu edificio. No sé cómo llegué hasta acá. Te estuve llamando. Por favor, tengo mucho miedo.
Me acerqué, miré por la mirilla. Vacío. Pero escuché, no por el teléfono, sino a través de la madera, la voz de Ine, casi un suspiro:
—Por favor, Joan. Abrime.
Y, de fondo, dos voces de hombres, ásperas, esperando.
Bajé el teléfono, despacio. Me quedé ahí, escuchando los nudillos de la pesadilla golpear la puerta, suaves, pacientes.
En ese silencio, colgado entre dos mundos, me cayó la ficha. Era clarísimo, como si el universo me lo gritara en la cara: yo no tenía que estar acá. Ser tan consciente, tan malditamente despierto, ver todo sin filtro… era un error. El universo no lo aguanta, así que viene a buscarme, con trucos, con sueños prestados, con pesadillas a medida, para empujarme de vuelta a ese lugar del que nunca debí salir.
Y ahí estaban, las presencias detrás de la puerta. Los tipos que, por fin, iban a cerrar este circo de una vez.
Me dieron segundos para pensar, nada más. Apenas lo justo para darme cuenta de que, tal vez, yo también quería vivir, soñar, amar, aunque fuera una sola vez.
Mi cuerpo, mi mente, mi alma estaban destrozados sin vuelta atrás.
Solo podré vivir en sus mentes.
Y para Ine, en su corazón.
Es una pena no poder estar con ella.
Pero qué más da.








