La conciencia humana está proclive a actuar ante cualquier antinomia.

Dicotomías profundas nos envían a los albores del evangelio, donde un justo se rebeló ante iconoclastas que se oponían al bien común, a la liberación del hombre, a la justicia, a la verdad y al gobierno democrático proveniente del amor y el servir al prójimo. La rebeldía es la fuerza interior que nos ayuda a enfrentar el múltiple dimensional ismo social y político con el apoyo de todo tipo de placebos en aras de eliminar toda lacra, todo vicio degradante y la angustia existencia, así como de aquellos obstáculos que nos quieren desviar del camino recto.

 

La rebeldía es, pues, es el escudo social que hace afrenta a los antropocentrismos. Acierta la rebeldía para hacernos ver el devenir populista como un fundamento que nos permite proclamar reflexiones positivas y negativas, otrora un agujero negro. El populismo hoy discurre avasallante como una tendencia para observar las partes de conveniencia de los deberes. Este plural fenómeno nos visualiza las deformaciones, como las buenas formaciones de los contenidos políticos y sociales que surjan del diario acontecer. Y ante las deformaciones, encontramos que la sociedad también hace rebeldía ante la clase empresarial que también ejerce sus acciones perversas yéndose contra la sociedad cuando esta asume posiciones frente a los estallidos sociales que crea el régimen, desconociendo que el pueblo hace patria, gobierno y control de gestión.

 

El populismo, herramienta que nos enseña a mirar como la democracia se transforma en su quehacer y su protagonismo para decidir con virtud crítica ante los hechos sociopolíticos que refuerzan el espíritu rebelde del pueblo. La rebelión asume, en su papel, que nunca hay tiempo de callar ni dejarnos llevar por el folclorismo social, ni de cerrar la vista, sino de enfrentar los desórdenes humanos provengan de donde provengan.

 

La mayoría de los hechos humanos, incluyendo los que hacen parte del desarrollo social, son actos de rebelión por el paso del tiempo, que deben ser cuestionados para cambiar si es del caso o eliminarlos si están causando efectos negativos. La política colombiana se sustenta en la atávica y colonial gesta conquistadora. Da grima escuchar las raquíticas disertaciones donde no fluye un interés de país. La rebeldía se enfoca entonces contra la gran corrupción y la pirámide política, quien en compañía de lo privado se toma la tarea de agudizar las crisis.

 

En el proceso de rebeldía es imperativo que su accionar de prácticas, de denuncias, de trabajo de masa que susciten motivos sociales elimine todo engaño dogmático que quiera deslegitimar la rebeldía justa. El mensaje de la rebeldía evangélica es un llamado al cambio, y tiene sentido en la media que existe una consecuencia prístina que quiebre el espíritu apático de la fragilidad humana. Voces de varios saberes nos dicen que debemos dejar de lado propuestas, cambios y reformas de gobierno, hasta que una acción de la comunidad participe en gestiones prácticas de revisión inmediata sobre el rodaje estatal y sus afanes de poder.

 

El discurrir político nos enseña que la sociedad profiere a aquellos que los han llevado por las huestes de las desgracias, prefieren a aquellos que les han condenado con el desdén, con la indiferencia, conculcándoles sus derechos con prácticas filantrópicas, para después abandonarlos en el nihilismo. El nihilismo está imponiendo sus patrones de vida en especial cuando hoy el humanismo no tiene sentido, el conocimiento se desvanece, la familia se disuelve, y se niega toda existencia de valores, ética y principios humanos; la rebeldía limpia busca restaurar la democracia.

 

La masa crítica del pueblo es una energía que se dispersa identificando los puntos críticos de las instituciones, sometiendo al tejido social civil a los dictados públicos. Las cumbres borrascosas de nuestra nación resaltan la fuerza de su destino, la pasión de ss gentes obligada a romper los caminos dogmáticos y la fuerza engañosa de la retórica que busca influir en la conciencia humana.

 

Pero la comunidad con sus pasiones de lucha va en la línea de influir ante el colectivo social con prístinas interpretaciones. La rebeldía resiliente e el arma del pueblo para resistir y derrocar la tiranía y toda postura que atente contra la dignidad humana, los principios y el contrato social. Son muchos los malestares que se dan para que el pueblo asuma posiciones de liderazgo y gobierno. Lo que en el pasado fueron las revoluciones comuneras, hoy asoman voces nuevas para expresar su inconformidad. El derecho a la protesta es eso, un derecho inviolable que ninguna ley puede desconocer. La sociedad avanza, hacía vencer los desencantos de la gobernanza. El retrato social vive sacudido por tantas comedias públicas, de allí que la rebeldía cunda contra las falsas expectativas del régimen, para que Colombia se merezca así misma, renaciendo limpia y transparente.

 

Lo real, lo original, al decir de Fernando González, es una articulación social de las manifestaciones de la vida, es poder vital que penetra en el caos de los posibles. Esto nos lleva a predicar que el caos es visible, viviente, génesis de los poderes y las dominantes acciones humanas, que nos llevaran a las raíces sociales nativas, esto es, volver a lo social con todos los elementos productivos, para establecer la convivencia, para construir un universo por fuera del entramado existente, por fuera del deísmo y la entropía del régimen, sin ejercer tonos irónicos, burlones y sarcásticos.

 

Un fantasma recorre el mundo, cuál onda expansiva apocalíptica, la desconfianza. La fuerza nefasta del nihilismo sella la palabra oral y escrita, hasta el silencio está lleno de mentiras y desconfianzas, todos bajo la egida de la rebeldía pacífica, vayamos tras el desarme de la mentira, la madre perpetua de la corrupción. Desarmemos nuestros corazones llenos de odio y despejemos nuestras conciencias de la abominable actitud lumínica impregnada por la carencia de todo valor. La esfinge del hombre mediocre prima sobre la faz de la tierra y debe ser derribada, para que un nuevo hombre renazca firme con la solidez propia que exige la democracia y la unidad social, política y económica.

 

Gritos de esperanza llaman al no, a la guerra social, a la política y al orden climático. El colectivo de la sociedad mundial está en la línea del levantamiento rebelde ante un imperio invasor, productor de tecnología con fines de seducción y adormecimiento, que juzga y rechaza la solidaridad, que crea condenas extraídas de su agresividad, que proporciona tempestades de violencia, que expande soluciones con innobles competencias, que divide al mundo por medio de guerras de distintos objetivos formando estragos por todo el orbe, generando marginados, desplazados, condenados a vivir la miseria y el desamparo, condenando al otro a vivir en la indiferencia.

 

El mundo carece de líderes en todos los sentidos. El sentido común, la condición humana, el sentido de la vida y otras tantas formas de ordenar el desarrollo social, están dispersos, fuera de la órbita multilateral que una, en vez de dividir, que permita mesiánicos que vuelvan a dar la confianza perdida. Una nación como Colombia que ha crecido entre contradicciones, confusiones, engaños y desencantos, entre conflictos y trampas electorales, traficantes de tierras y gobiernos donde el narcotráfico y la ilegalidad reinan, no puede seguir siendo una nación fallida, saqueada en su dignidad por una jerarquía de trásfugas, de escorias de la política, no puede seguir siendo violada como están siendo violadas sus mujeres y niños sin que exista una justicia que juzgue y condene, como está siendo desconocida la vulnerabilidad del campesino, la de los trabajadores ante la violación de sus derechos laborales, que hace que los imperios económicos hagan crecer sus capitales con afectación de los salarios, las pensiones, los contratos laborales y demás derechos.

 

No más voces que anuncien guerras económicas, sociales, laborales basadas en cambios de sus respectivas estructuras, con leyes impopulares, que reviven y crean todo tipo de masacre social y de desajuste cultural, pero que con la comunicación constituyen el escenario capaz de infundir con un lenguaje claro mensajes de vínculo y pertenencia colectiva, sin inferir ningún tipo de violencia.

 

La crisis de que tanto se habla viene de siempre, Camus lo anuncio por allá en 1946, aludiendo que desde la muerte de Sócrates hasta nuestros días la crisis humana es un hecho evidente. Decía que vivimos el absurdo por lo que debemos cumplir los principios y valores, despojarnos de odios, repensar la política, denunciar y rechazar la violencia y unirnos como pueblo, como una masa para conquistar la libertad responsable, lejos de toda mentira, de toda xenofobia, de los poderes nefastos. La alteración social por su dinámica equivoca y perversa llevará a generar conciencia social positiva tal, que va a desembocar en la búsqueda de un relax social, donde un yo social no se identifique con un yo real, teniendo a los medios como la gran coyuntura hermenéutica.

 

El Kairós social real evocará a que el gran capital de la perversidad, las grandes ideologías neoliberales se acerquen a la socialización, permitiendo una comunidad social integral, esto es, todo el ámbito económico deberá ser una política equitativa, solidaria, una política más allá de las fronteras donde desaparezcan las desigualdades humanas que bajo el respeto de la propiedad privada el orden productivo no será de explotación. El fluir de saberes se asentará en una estabilización de la nueva civilización. Ante la decadencia de la irracionalidad de la perversidad capitalista, la paz, el bien común, la esperanza y el ajuste al contrato social a su debida medida, aterrizará en cada ser, en cada institución del sistema. Pareciera esto una utopía, pero con razón y conciencia social humanista todo es posible para llegar a las raíces de una democracia apoyada por la tecnología social, y demás elementos de integración que han venido buscando las sociedades.

 

Este nuevo horizonte civilizatorio acontece ante el delirio de una extensiva e invasiva decadencia que está envolviendo al mundo, con todo los terroríficos procedimientos y la idiosincrasia que le ha sido propia. Decadencia de regímenes, decadencia social, familiar, económica, política, religiosa, predice un gran acontecimiento; la caída de las tragedias, fuentes de poder, por un nuevo momento que dote al hombre de rebeldía con causa para sobrevivir, para construir un nuevo pueblo para todos y todos para uno. Sabemos de la existencia de movimientos en favor de los débiles.

 

Nietzsche decía que la vida no se puede tasar, lo vivido no lo pueden hacer, pues ello hace parte de la vida, esto es, que tenemos que considerar la vida dentro de su condición trágica, donde se esconden todos los vicios que le infunde al hombre, la rebeldía persistente y las formas de resistencia con su dinámica capacidad de acción en pro de la igualdad social, para recuperar con su activismo la catarsis propia de pertenecer a un colectivo motor de la lucha de cambio.

 

La sociedad civil vive bajo la cara oculta de los poderes de tantos arribistas que confunden la democracia proclamando cambios en medio de violencias y con cinismo atroz se lavan las manos cobardemente, cuál Pilatos, verdugo de los verdugos que piden justicia, que idolatran la verdad para ocultar la mentira, que se revisten con saco lleva usando la máscara del desprecio hacia los débiles, a quienes con sus monstruosas formas los vuelven invisibles con el toque mágico de la incoherencia, asumiendo papeles redentores, con la cruz como espada salvadora, cuál verdaderos sepulcros blanqueados.

 

Todos debemos repensar que estamos para transformar el mundo, ampliando los horizontes y la esperanza, y en ese discurrir, construir un nuevo concepto social en medio de las diferencias.

 

Mariano Bernardo Sierra Sierra

Abogado, egresado de la Universidad Libre de Colombia.

 

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