La ministra de Minas y Energía, Irene Vélez, afirmó en el Congreso Nacional Minero lo siguiente: “Nosotros necesitamos exigirle también, en el marco de esta geopolítica global, a los otros países, que comiencen a decrecer en sus modelos económicos. De ese decrecimiento depende también que nosotros logremos un equilibrio mayor y que los impactos del cambio climático nos afecten menos”. Pienso que la afirmación es correcta, pero el lugar no era el adecuado. Ante un público con conocimiento limitado e interesado sobre el tema específico y una prensa lista atacar cuando vea la oportunidad, quizás no era el lugar.

 

Veamos el problema en “frío”. Existe un problema planetario, que hoy muy pocas personas niegan, consistente en que el crecimiento de la producción económica no puede ser ilimitado porque el planeta es limitado. Esto lo sostienen los marxistas como el egipcio Samir Amin: “El principio de la acumulación sin fin que define al capitalismo es sinónimo de crecimiento exponencial, y éste, como el cáncer, lleva a la muerte”. También lo dicen economistas y sociólogos no marxistas, el economista inglés Kenneth E. Boulding: “quien crea que el crecimiento exponencial puede durar eternamente en un mundo finito, o es un loco o es un economista”. El sociólogo francés Edgar Morín: “debemos rechazar el concepto subdesarrollado del desarrollo que convierte el crecimiento tecno-industrial en la panacea de todo desarrollo antropo-social, y renunciar a la idea mitológica de un progreso que se acrecienta hasta el infinito”.  El teólogo brasileño Leonardo Boff: “¿Puede una tierra finita soportar un proyecto infinito?”. El Papa Francisco, en su Encíclica “Laudato Si”, dice: “El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral… Merecen una gratitud es­pecial quienes luchan con vigor para resolver las consecuencias dramáticas de la degradación am­biental en las vidas de los más pobres del mundo. Los jóvenes… se preguntan cómo es posible que se pretenda cons­truir un futuro mejor sin pensar en la crisis del ambiente y en los sufrimientos de los excluidos.”

 

Ya no hay duda de que existe un problema ambiental y que la causa fundamental es la no correspondencia entre el crecimiento infinito de la producción económica y la finitud del planeta. Las principales manifestaciones del problema se han notado especialmente en los cambios repentinos del clima, en distintas partes del mundo. Ante la contundencia de los hechos, empezaron a surgir las propuestas de solución al problema. Los malthusianos creyeron que era el momento del control de la natalidad; los economistas ortodoxos pensaron que si se le ponía precio a la naturaleza, el mercado se encargaría de regular el consumo y, por ende, el crecimiento de la producción; otros propusieron el crecimiento cero, incluso el  decrecimiento, que es a lo que se refería la señora ministra.

 

Hasta ahora, a mi modo de ver, las propuestas mencionadas o no son practicables o no son suficientes. En el caso particular de frenar el crecimiento o llevarlo a cifras negativas es imposible, por la sencilla razón de que el capital solo puede existir creciendo, la propuesta va contra la naturaleza intrínseca del capital. No es verdad que el fin de la producción económica sea el consumo, el fin real de la producción es la ganancia. La utilidad, el valor de uso, de la producción no es el propósito de ningún capitalista. El capitalista produce igual alimentos para la vida que productos de lujo o fusiles para la muerte, entre las distintas opciones siempre escogerá la que ofrezca mayor cuota de ganancia. El capital busca la mayor cuota de plusvalía, a fin de acumular la mayor cantidad posible de capital.  Al respecto, Marx escribió en el tomo I de El capital: “¡Acumulad, acumulad! ¡La acumulación es la gran panacea! La industria suministra los materiales, que luego el ahorro se encarga de acumular. Por tanto, ¡ahorrad, ahorrad! es decir, esforzaos por convertir nuevamente la mayor parte posible de plusvalía o producto excedente en capital.  Acumular por acumular, producir por producir…”.

 

Si el propósito de la producción fuera el consumo, el crecimiento cero sería la solución.  Hagamos un cálculo sencillo. La producción mundial es aproximadamente 80 millones de millones de dólares. Si dividimos esa cantidad de valor del producto entre el número de familias que viven en el planeta, que es aproximadamente de 1.500 millones, a cada familia le tocaría el equivalente a más de 15 millones de pesos colombianos mensuales.  Agréguese a esto que un porcentaje alto de la producción solo sirve para la muerte; si se produjera solo para la vida, incluso para vivir sabroso, sería innecesario el crecimiento de la producción.

 

Estos problemas no son claros para la mayor parte de las personas, porque los fenómenos económicos no son como aparecen o como los empresarios y sus economistas dicen que son. A esto lo llamó Marx: fetichismo. El fin esencial de la producción capitalista es producir plusvalía para acumular y acumular capital para producir plusvalía, pero los capitalistas y sus teóricos hacen creer que su gran propósito es crear empleo y satisfacer necesidades humanas; la realidad es que si pudieran producir sin obreros lo harían, de ahí el interés del capital por acelerar la automatización de los procesos productivos.

 

Un dato a primera vista gracioso, pero que corresponde a la realidad, aparece en la película de Raoul Peck, “El joven Marx”: le presentan a Marx un empresario inglés, que le formula esta pregunta: “qué pasaría si no existiéramos los empresarios”, a lo cual Marx le responde: “pasaría que usted tendría que trabajar”.

 

El problema ambiental, de no controlarse, pondrá fin a la especie humana y, tal vez, a la vida en general y, al parecer, en el capitalismo no tendrá solución. La pregunta fundamental de los humanos debe ser por la vida; afortunadamente, esto lo plantea el actual gobierno de Colombia. La persistencia de la vida, particularmente la vida humana, requiere solamente medios de vida, es decir riqueza; el mayor o menor valor de los artículos de consumo, que estos tengan o no valor –como el oxígeno en el aire– nada tiene que ver con su capacidad para satisfacer necesidades. Entiendo por riqueza las cosas útiles, los valores de uso. La riqueza tiene dos fuentes: la naturaleza y el trabajo humano; no el capital.

 

No hay duda de que los humanos podemos organizarnos para mantener la vida, en convivencia con las otras formas de vida y con la naturaleza; el capital es más un obstáculo que una ayuda. Y no estoy hablando de producir los valores de uso básicos para mantener la vida, hablo de todos los valores de uso que sean necesarios para la vida que decidamos vivir: vivir sabroso.

 

Julián Sabogal Tamayo

 

Integrante de la comisión voluntaria de la Casa de Pensamiento Propio

Profesor Emérito de la Universidad de Nariño

Miembro de Número de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas y de la Academia Nariñense de Historia

 

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