Muy seguramente usted amigo lector pensará que estoy loco, si le digo que muy pronto voy a morir. Pero es cierto, ¡pronto moriré! y quizá mi muerte sea una de las más terribles, o por lo menos la más martirizante, pues he sido yo el causante de mi propia desgracia, por quebrantar aquellas reglas que aunque parezcan absurdas son indispensables para la existencia; sin embargo, llevado por el espíritu sedicioso de mi carácter, no me detendría a pensar en nada que impidiera mi propósito.

 

Para comenzar este relato, debo ser consciente que sin importar todos los esfuerzos que yo realice para que usted crea mis palabras, nada me aseguraría que el efecto que yo causara fuera el deseado. Sin embargo, antes de comenzar me gustaría reiterarle que no estoy loco, tal vez un poco alterado, por tener la certeza de que pronto moriré. Pero a pesar de eso, aún me queda la suficiente cordura para describir con envidiable precisión, la serie de sucesos que se originaron desde el día que entré en la pirámide de Keops y descubrí los escritos que me revelarían todo lo que la humanidad, en un esfuerzo inútil ha tratado de resolver, con teorías dogmáticas y científicas que en este momento me hacen reír por lo absurdas que resultaron ser.

 

Amigo lector, espero que mis palabras no le estén resultando arrogantes ni pretenciosas, pero usted pronto comprobará la veracidad de cada una de ellas, como también comprobará cómo un simple estudiante de arqueología logró tener en sus manos la verdad sobre todos aquellos secretos y la farsa a la que hemos sido sometidos desde tiempos inmemorables.

 

La maldición que en este momento consume mi vida se originó el día que decidimos con un grupo de compañeros de la universidad visitar Egipto. La emoción por conocer el país de las riquezas arqueológicas y ancestrales, era tanta que muchos no pudimos dormir la noche antecedente al viaje. Sin embargo, el interés de quien les escribe era otro. El conocimiento de que en la pirámide de Keops existían ciertas cámaras que habían escapado al acecho de los profanadores de tumbas y de otros arqueólogos que muy seguramente tuvieron mí mismo objetivo, pero no mi misma determinación. Esos pensamientos realmente me colmaban de emociones; pues yo sería quien descubriría todos aquellos enigmas que se ocultaban en la enorme pirámide de Keops, tan admirada por ser la única sobreviviente de las maravillas arcaicas.

 

Efectivamente cuando estuvimos en las calles Egipcias, nos sentimos maravillados por la majestuosidad de sus construcciones, paisajes e historia, pero yo, llevado por un deseo más sublime, me separé de ellos y pronto me sentí solo dentro de la gran pirámide, en un lugar que hasta este instante no puedo explicar cómo fue que llegué allí. Lo único que sé es que me encontraba inmerso en una gran oscuridad, comparable con la más negra de las noches, y una atmósfera tóxica que se percibía en cada inhalación; era lo único que había quedado del hábitat tranquilo y restablecedor de la pirámide. Estiré mi brazo y toqué una pared que me hizo entender que no había salido de sus cimientos pues no tardé en identificar los enormes bloques de piedra que utilizaron los esclavos para construirla, pero para mi sorpresa, al extender mi brazo hacia el otro extremo, tropecé duramente con una estructura análoga que se alzaba a menos de dos metros de la otra. Una masa de confundidos pensamientos aparecían y desaparecían al no encontrar en los archivos de mi memoria algo que pudiera describir mi hallazgo. Ésta idea reavivó mi espíritu, porque sería yo el elegido para descubrir sus secretos.

 

Caminé por la superficie que al parecer también estaba hecha de piedra, pero no alcancé a dar más de cinco pasos para que uno de mis pies tropezara con algo que liberó un repugnante olor a muerte. Me quedé quieto, totalmente inmóvil, maldiciendo en silencio el impulso de mi carácter. Pensé seguir de esa forma hasta que alguien se percatara de mi ausencia y fuera a rescatarme, pero entonces recordé que llevaba una pequeña linterna en el bolsillo trasero de mi pantalón, y al encenderla un escalofrío bajó desde mi espina dorsal hasta mis pies. Decenas de serpientes, arañas, escorpiones y ratas yacían agonizantes en el suelo, unidos por la natural fatiga de la muerte.

 

Seguí inspeccionando cada centímetro de aquel sitio, y gracias a ello pude deducir que me encontraba en un estrecho túnel de no más de veinte metros de longitud, pero nada me aseguraba que así fuera. Eran muchas las historias que se contaban acerca de esos túneles, pero en particular existía una que realmente me aterrorizaba. La antigua creencia que ciertos túneles conducían a las puertas del infierno hizo que me detuviera, pero el impulso que imperaba en mí, era superior a cualquier temor o malestar. Reanudé mi avance contabilizando cada uno de mis pasos, pues yo conocía la longitud de mis pies y con eso podría saber la distancia del recorrido. Si cada uno de mis pasos marcaba treinta y tres centímetros, tres de ellos constituirían aproximadamente un metro, sin embargo, pronto entendería que no podría hacerlo de forma precisa como lo hubiera deseado; ya que el camino tenía una cierta inclinación descendente que haría fallar la técnica. Conté cincuenta más los cinco que ya había dado sumaban un total de cincuenta y cinco pasos, que transformándolos a metros serían alrededor de dieciocho; es decir que mi anterior cálculo había fallado. El túnel no había tenido veinte metros de longitud como yo lo había pensado y lo que parecía ser el final tan solo había sido una curva la cual en el trascurso del camino seguiría presentándose como un espejismo siniestro que me llevaría al límite de la desesperación, y al parecer esa era una de sus estrategias para resguardar sus secretos de todo aquél que lograra penetrar en ese maldito túnel.

 

En el recorrido seguí tropezando con otros restos mortuorios, sin embargo para mi fortuna estos habían ido desapareciendo en cada uno de mis pasos; pero ahora era otro el motivo que aquejaba mi alma. El calor había aumentado de forma gradual respecto al avance que estaba realizando; además pude concluir que me encontraba en una especie de espiral descendente, la cual a mi parecer reducía sus espacios de forma progresiva, y tuve que recorrer cuarenta metros más para confirmar que no estaba equivocado; la plataforma superior había bajado tanto que debí agachar la cabeza para poder continuar, pero después de haber avanzado treinta metros más me vi de rodillas como en cuatro patas, pues la plataforma no me había dejado otra alternativa. Me alegré al no encontrar en el suelo rastro alguno de los restos corroídos de animales muertos, pues pronto entendí las verdaderas razones por las cuales no había indicio de ellos; el calor había llegado a un punto máximo insoportable para otro ser viviente que no tuviera mi misma osadía, aunque debo admitir que en varias ocasiones también quise desistir; sobre todo cuando la plataforma bajó tanto que no tuve más que continuar arrastrándome para llegar hasta un armazón de madera que era el único obstáculo entre los secretos que ocultaba la pirámide y yo; pero mis energías se habían agotado y caí pesadamente en el suelo.

 

Cuando desperté aún estaba consumido por el esfuerzo; el sudor frío que brotaba por todos mis poros se había acumulado en mi frente y en mis mejillas. Lastimosamente desde que tuve que avanzar de rodillas no había podido seguir midiendo la distancia, sin embargo, deduzco que habrán sido cuarenta, es decir que había recorrido alrededor de ciento cincuenta metros, ¡ciento cincuenta metros! Repetí sobresaltado, pues eso se acercaba a la medida de la pirámide, y yo mejor que nadie sabía que esa no era una coincidencia, ya que los egipcios siempre habían pensado en un fin, en un propósito que yo estaba a punto de descifrar.

 

Aún seguía cansado por el esfuerzo, pero mi osadía era superior a cualquier fatiga física. Apoyé ambas manos en el armazón, y fueron tres, no, fueron cuatro las veces que intenté derribar la estructura, pero todo intento fue inútil hasta que puse mis pies en las paredes laterales del túnel, de modo que pudiera ejercer una fuerza impulsadora sobre el bastidor. La idea había dado los resultados esperados; la estructura había caído y una ola de polvo se alzó como una nube densa que cegó mis ojos. Me quedé ensimismado y una quietud desesperante paralizó mis movimientos mientras el polvo volvía a resguardarse en la superficie sólida de aquél lugar, en donde anidaría lo esotérico, lo inverosímil, lo extraordinario.

 

La cámara, que medía aproximadamente cuatro metros de ancho por tres de alto, tenía inscrita en sus paredes una serie de jeroglíficos que llamaron mi atención, pero no lo suficiente. En mi mente se había creado una imagen totalmente diferente a la que mis ojos estaban viendo. Después de examinar la pared que se alzaba en frente, continué con la de la derecha, y luego con la de la izquierda, pero el resultado fue el mismo; ya decepcionado dirigí el rayo de la linterna a la última de las paredes y fue en ésta en donde miré una especie de sagrario sellado por una piedra que tenía inscrita una palabra que no pude comprender, pues aunque mis conocimientos sobre lenguas muertas habían sido la envidia de algunos de mis compañeros, debo admitir con tristeza que aquellos jeroglíficos me eran desconocidos, y digo con tristeza, porque si yo hubiera logrado descifrar su significado, muy seguramente hubiera regresado con los otros y no hubiera desatado la maldición que en este momento agobia mis sentidos.

 

Tuve un instante de reflexión, y la contrición común de todo aquel que está a punto de realizar un acto indebido se apropió de mis pensamientos, pero una fuerza superior a todos mis sentidos hizo que removiera la piedra.

No podía creer lo que estaba viendo, un enorme ojo de halcón tallado en piedra se ubicaba en el centro del sagrario, y enfrente de aquel atemorizante ojo se encontraba un conjunto de papiros que no tardé en tomar en mis manos. Sonreí, y me atreví a pensar que mi hallazgo tendría la misma o quizás más relevancia que el libro de los muertos, pero cuando aún estaba extasiado, una luz comenzó a resplandecer de aquel ojo, la cual me cegó y revivió mi debilidad.

 

Cuando desperté me encontraba tirado en la arena a las afueras de la pirámide, un poco desorientado, y pensé que todo había sido un sueño, pero al encontrar los pergaminos entre mi ropa, entendí que todo lo que había visto era real y que ahora yo sería el encargado de traducir y revelar todos los secretos que la pirámide ha ocultado durante miles de años.

— ¡Aquí está, aquí está! —escuché una voz que gritaba con gran emoción.

Se trataba de uno de mis compañeros. Sin darme cuenta habían transcurrido doce horas desde que me había separado de ellos.

— ¿En dónde estabas? —preguntaron preocupados.

—En ninguna parte —respondí. Me había costado mucho trabajo encontrar esos pergaminos, y sólo yo y nadie más que yo tenía el derecho a descifrar sus enigmas.

Al regresar del viaje, dediqué todas mis atenciones a comprender cada palabra, cada frase que estuviera allí escrita. Para ello me valí de toda una colección de libros egipcios que cuidadosamente yo había seleccionado de la biblioteca de la universidad, pero a pesar de eso, fueron muchos los amaneceres que me encontraron sentado en mi escritorio, extasiado por cada descubrimiento. Cuando terminé de traducir las últimas líneas mi rostro se empalideció.

 

Los mismos pergaminos decían que a partir de ese momento tan solo me quedaban doce horas de vida, de las cuales han transcurrido diez; es decir que cuando esta carta llegue a sus manos, muy seguramente ya habré muerto, y si usted aún duda de mis palabras, puede venir a la casa que queda a las afueras de la ciudad, esa de pinturas mortuorias y de puertas sepulcrales.

 

Sólo me resta decirle que no se moleste en investigar las causas de mi muerte, yo dilapidé las pocas horas que me quedaban tratando de hacerlo, pero siempre me han llevado a la misma conclusión. Nadie que tuviera en sus manos tales secretos pudiera seguir viviendo, es por esa razón que todo estaba oculto y lo seguirá estando, ya que mientras escribo, los pergaminos arden bajo el feroz fuego de mi chimenea y sobra decir que por respeto a usted y al resto de la humanidad, no dejaré ningún escrito sobre los secretos que me han revelado esos malditos pergaminos.

 

 

 

Darwin Alexander Portilla López

Administrador de Empresas Universidad de Nariño

Autor del libro “La vida en la capital”

 

 

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